Mucho texto
Nadie quiere leer, todos quieren escribir
Un memero alemán, @monroe.in.berlin, me dijo que no entendía por qué casi todos los memeros escribían o querían escribir. Le respondí que debía ser porque hacer memes, al igual que escribir ensayos, es una válvula de escape creativa para quienes analizan la realidad como pasatiempo. Editar collages tipo starterpack o redactar columnas de opinión es, en esencia, la misma actividad, solo que expresada en un formato distinto.
Hay una transición natural entre ser lector ávido y querer escribir. Ir a la feria del libro en edades formativas deriva en tener un cuaderno o un .zip lleno de borradores que nunca van a salir a la luz porque mirándolos en retrospectiva, no eran más que verborragias semi-coherentes, pero que en su momento se sentían catárticas, inspiradas, dignas de ser publicadas.
El otro día vi un video essay donde una muchacha linda pero articulada hablaba de que los hobbies en la era digital eran cada vez más performativos y menos orientados a lo que cada uno realmente disfruta hacer. Que el retorno de las cámaras analógicas y el scrapbooking tenía que ver con el hecho de que producen resultados visualmente llamativos para ser publicados en redes.
Mi roommate compró varios paquetes de stickers en Amazon para ponerle a su computadora. Me dejó un mal sabor sin saber por qué, me parecía poco cool, como si estuviera traicionando el espíritu de poner stickers en la computadora, como si tal cosa existiera. Analizándolo, se me hizo cringe porque tengo la convicción de que los stickers no deberían ser elementos cuidadosamente curados, sino testimonio del paso del tiempo en una superficie. Uno los va acumulando: algunos vienen con una prenda que compraste a un diseñador independiente, algunos los compraste en un artist alley, algunos te los regalan tus amigos, uno tiene el tag de un pibe con el que saliste, o el nombre pretencioso de la banda under que viste el otro día, algunos vienen pegados en una palta.
La falta de planificación es lo que los vuelve cool, los distintos estadios de desgaste, ser souvenir de una experiencia, que estén ligados a un momento, un lugar, una persona o un recuerdo. La materialización de cualquier producto creativo debe responder a esta lógica para que el resultado se sienta genuino.
Por esta misma razón es que palabras como serendipia, resiliencia o nefelibata se me hacen trilladas. No son honestas, no son adoptadas naturalmente sino que son una mímica de lo que alguien que no es elocuente asume que es la elocuencia. Para que los demás lo vean y lo lean y lo interpreten como membresía a un círculo de ilustrados contemporáneos.
Un amigo escribió una antología de poemas y la llamó “Escribir por escribir”. Le corregí un par de cosas, me dijo que esa no era la razón por la que me lo mandaba sino que quería mi impresión general. Le dije que el texto no iba a ningún lado. Me contestó que ese era el propósito, escribir como ejercicio, no para tener un producto pulido. Le pregunté qué pensaba hacer con ese borrador. Me dijo que con que yo lo leyera era suficiente. Me dejó pensando. Sonreí.
En The Drama, una película de A24, el personaje de Robert Pattinson usa un diccionario de sinónimos para escribir el discurso para su casamiento. Las que deberían ser las palabras más sinceras sobre el amor a su pareja pasan por la censura del buen gusto, intentando eludir descripciones gráficas de su compatibilidad sexual a través de un vocabulario menos ordinario. Independientemente de entender el por qué, el cómo se me hizo cuestionable. No me gustaría que mi novio tuviera que googlear qué palabras dedicarme en mi casamiento. No me permitiría que Google sugiriera las mías.
Sostengo que la única forma de que el léxico no se sienta como un disfraz es interiorizándolo orgánicamente. Cuando uno lee mucho llega al punto de que hay palabras que sabe cómo usar pero no cómo definir del todo. Mi encuentro con la palabra “cínica” fue así. En una novela de Federico Ivanier, Bonsái, el personaje principal usa la palabra para describir a la antagonista y admite que no sabe muy bien qué significa pero es la única que puede conjurar para describirla, que suena correcta. Como las pecas, las palabras se van formando en uno de a poco con la exposición y no se vuelven un rasgo que defina a la persona a menos que sean multitud.
Para subsanar este bache, no queda otra que leer, y leer de verdad, no pornoromance de booktok, no “autores” de Instagram que suban sus escritos (¡qué palabra que odio!), no hilos de Twitter. Cuando te martillan con la idea de que hay que leer los clásicos, los libros que perduraron el paso del tiempo, en principio se hace pesado. Nadie habla como sus personajes, ya no pasan las cosas que describen.
Pero, uno puede argumentar que El Quijote no fue una obra concebida como una gran novela épica, sino que era una parodia de los cuentos de caballeros y no ambicionaba más que burlarse de lo que hoy por hoy llamamos slop. Sylvia Plath no escribía para ser parte de un moodboard aesthetic sino porque quería matarse. Mary Shelley estaba encerrada y aburrida y frustrada compitiendo con los hombres de su vida cuando escribió Frankenstein. Lo principal —y esto debería ser aparente— es que la relevancia de los libros que llamamos clásicos no tiene que ver con el hecho de que son parte del acervo obligatorio de cultura general, sino que sobreviven gracias a que son la cristalización de la necesidad de decir algo, no de producir algo.
De igual forma, se podría decir que esta interpretación es cherrypicking, que todo escritor adolece, indefectiblemente, de egolatría, que Cervantes en su época era mainstream, que Sylvia Plath participaba en concursos literarios, y que Mary Shelley quería impresionar a Percy y Lord Byron. Que no hay ingenuidad en sus intentos, ni virtud intrínseca en sus intenciones.
En el trabajo tengo que hacer como que estoy ocupada, y en esas instancias leo. Leo lo que creo que me hace falta leer para poder considerarme leída. Leo y me convenzo de que todas las ideas ya fueron expresadas con órdenes superiores al que podría darles. Leo y me abruma la cantidad de cosas que me falta leer. Leo y no le saco fotos ni lo subo a mis historias ni lo registro en Goodreads. Leo y siento que no leí porque no puedo memorizar citas textuales y me olvido de la trama y los nombres de los personajes. Leo en cualquier pantalla y no tengo los libros en la estantería como prueba de que leí.
Otra vez, pecar de lo que critico es mi mayor orgullo y mi mayor vergüenza. Sentir que por no contar lo que hago o no buscar mercantilizarlo es más valioso, cuando en realidad nace del miedo a ser poser, a que mis aficiones parezcan una búsqueda de validación externa. Al igual que la delgadez se ve enfermiza cuando nace de la anorexia, el intelectualismo se hace banal cuando es claramente fruto de la búsqueda de superioridad o sentido de pertenencia. Cuando se resume en una aesthetic, sea dark academia o Red Scare neocon o lo que sea que el algoritmo considere de nicho pero culto. La contradicción de existir en esta encrucijada siendo parte del fenómeno que observo —como siempre, como todo— es lo que me hace sentirme cínica. Capaz por eso es una de mis palabras favoritas. Capaz porque suenan lindo las esdrújulas.

